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Un manzanalín observa el cierre del camino al ríu, en el pueblo parragués de Sotu Deu.

El pumarín

Gonzalo Barrena.

Fíjate en el pumarín que mira desde atrás el desaguisado. En los setenta años, o más, que lleva de arraigo en la Huerta Navarro, ¿cuántas cosas habrá visto al pie del camín que desciende hacia el ríu?.

Muchas y de distinto signo, la verdá, porque seguramente vio bajar a la pareja, uncida con el ramu, para sacar grijo o piedras de muriar; porque vio bajar a Miguelillo, a la tarduca, a echar una varada y sacar algo; o a toda la rapacería de Sotu que, en estación, dejaban tranquilo el pueblo para dedicarse a fabricar presas a la orilla, a zambullirse cuando apretaba el calor y a cruzar con el agua por la cintura buscando truchas o remansos, para nadar sele al otro lado del río.

Todo eso, y más, lo vio el pumarín que contempla hora, desconcertado, el floreo de carteles rojos y amarillos que avisan de cosas extrañas a los que pasan: propiedad privada, prohibido el paso, zona video-vigilada, cerca eléctrica…dios, cuántos peligros contemporáneos en lugar de las advertencias antiguas, que se limitaban a cuidar de que los críos no se mancasen ni hubiera sustos con el agua.

El pumarín observa ahora, desde el fondo, bañeras y postes en medio del camín, letreros desconcertantes, cinta de pastor, la muria convertida en un montón de regodones…todo un rosario de interrupciones sobre la traza que urdieren los antiguos para echar el ganau al agua.

Dicen que los pomares, como todos los árboles viejos, comunican cosas a los nuevos a través de las raíces. Que se dicen unos a otros por dónde baja un ramalín de frescor, en tiempo de seca, o por donde hay que tender la caliptra a buscar nutrientes. Pero no sé si tienen algún medio para expresar el asombro.

El mismo asombro que asalta a los caminantes que, al ver el paso cegado por una trampa de madera y malla, con varias macetas cipayas, les lleva a preguntarse por qué. El desconcierto ha venido y nadie sabe cómo ha sido. Únicamente Bad Bunny lo pudo entrever: “Quieren quitarme el río y también la playa / Quieren el barrio mío y que abuelita se vaya…”.

Conocí a Luisa Meré tendiendo la ropa infinita de los rapaces en la terraza verde que se asoma al río. Vivía en la misma casa desde la que hoy se cierra el paso. Allí aprendí a nadar con sus hijos, año arriba, año abajo, aprovechando la ventaja que nos daba la corriente; y también allí, con los últimos minutos del día, las truchas convertían en pura lluvia la superficie del agua, jartándose de mosquitos. Alfredo se volvía hacia mi, entonces, con una sonrisa dulce y pícara cada vez que la caña acusaba una mordida.

A muchas décadas de aquello, pero con la misma ternura, Luisa y las personas de edad bajaban a la orilla hasta hace poco para aliviar con el agua fresca los tobillos cansados. Ahora no pueden. Y con una edad parecida a la del pumarín, los mayores del pueblu no consiguen entender -ni merecen- tamaño desastre.